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C O O P E R A T I V A

D E   L A  I M A G E N

Av. Callao 569 - Cuerpo 1 - Piso 2 - CABA

Teléfono: 2001-3317

                      

Horarios

 

Lunes 10h a 14h y 17h a 22h

Martes 10h a 14h y 16h a 22h

Miércoles 17h a 22h 

Jueves 10h a 14h y 17h a 22h

Viernes 10h a 14h

​Sábados 10h a 17h

Ella
Por Gabriela Colombo

 

Ir a la casa del abuelo a mitad de la semana, siguiendo el mismo camino enfilado de eucaliptos, de casonas viejas y calles empedradas desde Mármol a Adrogué. Mientras lo andábamos, ella nos venía recomendando a mi hermano y  mí

 

- Me  hacen caso. No tocan nada. Cuando los miro, sin decir una sola palabra y seria, saben que hasta ahí llegaron.

 

Claro, esos ojos disparaban. Nos hablaba como lo hacía  a sus alumnos. Parecía igual que en la escuela a la que  íbamos los tres. Cuando subía la escalera de granito gigante, con los tacos aguja de todos esos centímetros de alto, de los que nunca entendí como no se caía. Mi Madremaestra no miraba el piso nunca. Hacia arriba con su organizada fila de alumnos de primero, orgullosos de la seño que los llevaba. 

Su taconeo retumbaba en el patio anunciando cuando iba y  cuando venía,  resonando su presencia a todos lados. Cabeza en alto, como llegando al mástil portador de la enseña patria. 

En las semanales visitas a lo del abuelo, tan así de lector como de ajeno, apenas sentados junto a la mesita de afuera, cerca de la quinta, ellos comenzaban a hacer necesario  provocarse y a ver quién empezaba.  Pasadas  pocas palabras dichas, ya subían el volumen. La política del país cubría los espacios. Él protagonizaba los decires, argumentando y haciendo extensa la palabra. Aludiendo al diario La prensa, a los comentarios de los vecinos,  organizaba su discurso, haciéndolo sonar: debe ser así. 

Ella lentamente, apenas encontraba espacio para hablar, mechar sus ideas. Entonces optaba por bajar decibeles. Yo la veía achicarse. Claro, había bajado de los tacones aguja.

Ninguno hablaba. El abuelo empezaba a silvar. Fuerte. Ella hacía que miraba intentando saber dónde estábamos. Mi hermano cerca del auto viejo, abandonado en el garaje del fondo. Si no iba con él, a imaginar el viaje de ese día, iría para adentro de la casa. Pero debía ser después de escuchar un

 

- ¡Dejála, total qué va a hacer ahí adentro!

 

Él no tenía ni idea. Empezaba a latirme el corazón fuerte, con esa sensación rara que creo empezó a aparecer allí, así de inexplicable. Solo sé que se veía venir, avisaba su presencia y pedía. 

Debía atravesar los cuartos tan llenos de cosas como sucios, tenía que pasarlos rápido. Eran tan oscuros, con ese olor no conocido de otros lados. No vuelto a sentir. 

Sabía a pesar de mis pocos años, que todo ese mueble junto era algo. Mueble abandonado, sin abrirse otra vez esos cajones, sin volverse  a sentar ahí, a tomar de esas copas, a acostarse en esas camas, tenía que ver con una historia. Decía  muy a veces mi Madremaestra

 

- Y bueno, tu abuelo no soporta el pasado

 

Tenía que pasar casi corriendo, una vez adentro de la casa, especialmente por ese baño testigo, y sin mirar. Después de la última pieza  llegaba. 

Ella estaba allí. Sola siempre. A oscuras. En el mismo lugar. Sobre la mesa. Mientras yo tan segura de que nada había pasado y la última que había tocado sus teclas, eran mis manos.

La miraba, la olía. Ese olor de la cinta roja y negra inundaba el ambiente pequeño. Ella se apropiaba de mí. Podía pensar en armar la redacción de un diario, y mis dedos volaban dando cuenta de los avatares políticos, barriales, escolares posibles. Que mucho tenían que ver con lo que hasta hace un rato les había escuchado discutir a ellos. Sacaba la hoja, y corría para que la leyeran. Cosa que los hacía salir del silencio o los silbidos. 

Las letras cada vez se hacían más claras. Lograba arreglármelas girando el rollo de un lado para el otro. Algo se podía escribir. Algo.

Era  un pacto entre nosotras. Quedaba allí. Poco se podía leer. Poco.

Hasta que todo estaba en mi cabeza. 

Entonces la visitaba. Hablábamos. Ella no pudo. Ella dijo basta. Ella.