Por Lucía Cullen

 

Te vestiste con el top de encaje bordo que nunca te habías animado a usar para que él te vea.
Te maquillaste hasta la nariz con tal de estar hermosa para él.
Llegas a la fiesta. Saludas con esa sonrisa tan vital que te caracteriza.
Alguien te agarra de la cintura. Lo sentís. Es él. Envolves sus manos suaves con las tuyas.
Te das vuelta disimulando que te tiemblan las piernas.
Lo abrazas con ese abrazo que se dan los amigos. Y él sigue hacia la pista
Te cae una lágrima por dentro.
La primera de la noche.
Bailas en grupo. Bailando te descoses. Bailando desaparece esa hormiguita aplastada.
De pronto, en medio de tantos otros, reconoces su camisa floreada.
Y eso se convertirá en la única imagen nítida de la noche.
Mientras estés ahí vas a clavar la mirada en aquel punto y todo alrededor se volverá brumoso.
La noche ira creciendo como un miedo.
El salón no tardará en llenarse de voces que balbucean y una música electrónica te quiere arrancar sangre de los oídos.
Ves su silueta acercarse. Te quedas inmóvil. ¿Vendrá hacia mí? Te decís.
El terror te rasguña la espalda.
¿Ira a ver a alguien?
La incertidumbre te corta la garganta.
Va hacia ustedes. Te mordes los labios buscando decir algo interesante.
Pero las palabras en tu mente se hacen nube de polvo.
Aparece algún destello de alguna y se quema tan rápido que no alcanzas a descifrarla.
Se aleja de nuevo.
Estiras las manos para detenerlo, pero desaparece a la velocidad de los cortos del sintetizador y se confunde con la oscuridad de la pista.
Al menos te deja su perfume intenso, fresco y amaderado.
Fumas un cigarro y otro y otro y otro.
Como si en el humo te pudieses transportar a algún lugar donde no haya nadie más que ustedes dos. 
Si. A ese sillón en el que enredaban sus piernas.
Te falta el aire, pero inhalar esa fantasía te genera una imagen de placer que no habías sentido en el resto de la noche.
Vas al baño. Quizás te lo cruces por el pasillo. Recorres con la mirada los rincones como quien busca al enemigo para atraparlo.
La camisa floreada no está en la pista.
No está en el pasillo. No está en la cocina. Tampoco en el baño.
Bajas las escaleras hacia la puerta de entrada. Es la última alternativa.
Y lo descubrís.
Ahí, con la sonrisa tatuada y unos ojos libidinosos que nunca te miraron despierta.
Ese gesto de piadosa dulzura que congelabas en tu mente y te abrigaba entre las frazadas ahora te quema las entrañas.
Te ves tan ridícula con el top bordo y la panza al descubierto.
Apresuras el paso procurando escaparte del dolor que te clava sus garras en carne viva.
Agachas la cabeza y esperas que los mechones de pelo te cubran la mirada vidriosa.
Te escabullís entre los cuerpos traicioneros y los ruidos ensordecedores.
Con los dedos ensangrentados pedís un Uber.
Te arrastras por los escalones hasta la puerta de salida.
Ese cubículo es tu salvación.
Te derramas.
Rebalsas el asiento con tu cuerpo hundido y pesado por las lágrimas ahogadas.  
Al día siguiente te despertás liviana.
Te preparás un café.
Lavás los platos que habías dejado en la bacha con una sonrisa inexplicable.
En el fondo, lo sabes.
Esa fue la última noche que te abandonabas como los trapos descosidos.
Ya lo dejaste todo.
Prendes la música y con el cuerpo nuevo sacudís tus pelos despeinados dejando que los miedos se vayan por la ventana