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Por Lucía Cullen

 

A esa niña que sonríe en el auto sin siquiera mirar al frente le pediría que me recuerde cómo conducir con la seguridad de llegar al destino deseado.
Creí que el rojo llenaría la pintura que mejor me describe hasta que no pude más con mis ojos y la salpiqué de verde. 
¿Será posible atreverse a cambiar de paleta más allá de este cuadro aun sin saber el resultado? 
¿Terminaría igual de complementaria la obra de arte de mi vida? 
¿viviría la vida como una obra de arte?
¿Por qué me intimida tanto la mujer de la foto en blanco y negro si no es otra que yo, en algún lugar desconocido, meses atrás, posando para quien la toma, otro desconocido?.
¿acaso esta chica, me estaría hablando a mí, sabiendo que miraría la foto? ¿vas a vivir una vida sin haberla vivido? pregunta, con la mirada desafiante. 
Y me penetran sus ojos, los míos.
Ahora, camino por las calles como dejando las huellas de mis pies en un desierto de arena. 
Si, en ese. Y, con la frente apuntando al norte, aparece un destello, una guía en el mapa. 
Percibo el eco de la voz de esa niña que soñaba mundos al volante. 
Todas sus rutas y sus secretos me acompañan en este viaje.