Papá

Por Luciana Rabinovich

 

Mi mano agarra su mano grande y firme. Mi mano se aferra a su mano. Mi cabeza se inclina hacia atrás, con un gesto de alegría, de tranquilidad. De orgullo, tal vez. No sé si sentía orgullo, si acaso estaba tranquila de tener ahora un papá. Pequeños rastros, gestos, quedaron congelados en esas fotos que reviso una y otra vez y que me dicen, siempre, algo nuevo. Mi mano se aferra a la suya, siente su calor, la firmeza de sus dedos. Mi mano agarra los pelitos de sus dedos, mi cabeza se apoya sobre su barriga, mi mano le acaricia los lóbulos de las orejas. Mi mano se aferra a la suya. Se aferra porque tal vez fuera posible que mi papá dejara de ser mi papá, tan de un día para el otro como había empezado a serlo. Pero eso siempre me lo guardé. Sin darme cuenta me encargaba de mantener oculto eso que era y no era un secreto. Y entonces yo era buena y me hacía querer y le pedía, a través de esas caricias, en ese acuerdo tácito que teníamos los dos, que no me dejara. Mi mano se aferra a su mano.