Por María del Carmen Juan

 

Este banco olvidado, otoñal, cómplice de secretos, guardador de historias es parecido a otro.

El de la niñez, cerca de la casa de los abuelos. Domingos de plátanos en las veredas anchas. De zaguán, patio  alargado y cuartos con cortinas tejidas mirando la parra.

El almuerzo y el paseo hacia el parque. Llegar cansados por la caminata y algunas corridas y detenernos en el banco. Mirar la rayuela de palomas, los verdes y el cielo. Luego, el agua fresca de los bebederos, a veces el trencito. Respirar todos los sabores de las plantas. Después, el regreso. Traernos el parque encima, en los bolsillos. Prepararse para volver a casa: los caramelos de la abuela, apretados en el puño, el tren y la otra llave para entrar a la felicidad.