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Por María Fiorentino

 

Se tiró un pedo, pienso. Seguro, el olor es inconfundible. Menos mal que nos quedamos los dos bien solos, que nadie más que yo lo siente. Muy pancho, como su nombre, duerme y se tira un pedo. No lo escuché esta vez, fue uno silencioso. Ni se movió. Alrededor no hay viento, estamos como encajonados en ese lugar del patio que se vuelve caluroso a eso de las dos de la tarde, pero me da pereza levantarme para buscar algo de comida. El mate está frío y no me importa. Ah, el chocolate blanco. Estoy segura de que ya no es como el de mi niñez, ese chocolate blanco espeso que me traían los domingos junto con la revista del Pato Donald. Tiene gusto a nada. Sabor a químicos, algunas gotas de cacao, colorante blanco. El papel celofán queda enganchado en una hebilla de mi sandalia y cuando intento despegarlo soy muy torpe, hago movimientos raros porque no quiero incorporarme, muevo el pie contra el pasto. No sale. Otro pedo, esta vez con gemidito como si estuviera soñando. Me levanto: este perro comió algo podrido anoche cuando lo sacaron contra mi voluntad. Y ahora está lleno de gases. Y debe sentirse algo pesado,
también. Al ponerme de pie volteo el termo y al levantarlo vuelco el mate. Todo se desarmoniza. Los pedos, la yerba, el agua tibia, todo eso en la tarde de domingo. Me acerco y lo miro. Sin agacharme lo llamo: Pancho! Pancho! Basta de peditos que la mami se enoja.
Pero Pancho no se mueve. Muy lentamente me agacho, me quedo en cuclillas, y (muchas horas más tarde lo recordaré) empiezo a llorar a los gritos aún antes de darme cuenta, antes de tocarlo. Lloro muy profundamente con un llanto que no conocía, lloro como si me hubieran arrancado la esperanza para siempre, lloro y lloro, mucho tiempo, antes aún de atreverme a besar su cabeza. Todo su cuerpo dormido para siempre. Levanto una patita, su almohadilla, la beso. Pancho se murió, como decía Omar Viñole, cagó fuego. Se me fue.