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Por Silvana Aiudi

 

Querido papá:

Hace dos semanas que doy vueltas por este departamento tratando de escribir sobre vos.
No sé por qué se me da últimamente por esquivar varias cosas: lavar un vaso, regar las plantas, cortarme las puntas del pelo, escribir. Pero el tiempo me corre y la obligación parece hacerme sentar en este sillón que compré hace unos años.
No sé por dónde empezar.
Quizá por una foto que está acá, al lado mío, sobre una tela gris; quizá por algunas anotaciones que tengo en un cuaderno que alguien me regaló; quizá por aquella vez cuando yo tenía dieciséis años y te insistía en que me enseñaras a manejar y, después de pelear durante media hora, volvíamos mientras decías “con vos no se puede, sos loca
como tu madre” y yo no te hablaba por un largo rato hasta que me hacías chistes o te ibas a cortar leña fresca con tus alpargatas sin medias y después sacábamos mandarinas del árbol que estaba en el jardín de casa y nos sentábamos en la F-100 para comerlas
juntos. Odiaba esas mandarinas: eran ácidas, me dejaban las manos ásperas y un olor casi imposible de sacar. El aroma del invierno.
No quiero desviarme en recuerdos.
Tengo acá en el departamento, dentro de un libro, una foto tuya. La instantánea tiene un marco blanco que sirve para recordar una fecha, junio del ’73, y un día, paro de camioneros en Jujuy o “el norte”, como lo llamás vos. Es el mediodía por el reflejo de las sombras en el suelo de ripio que parece sonar a medida que varios hombres corren.
¿Por qué estás levantando la mano? ¿Qué estabas diciendo?
La fotografía muestra de frente a dos hombres sentados en el capó de un camión. Posan y sonríen. Parecen estar orgullosos del paro. Detrás, en perspectiva, se ve una fila de camiones. No sé qué camión es el que está primero. Seguramente, si estuvieras conmigo, me dirías la marca y empezarías a hablar del motor y todas esas cosas que no
entiendo y no me importan. Pero siempre hay algo en ese instante en el que vos y yo hablamos de aquellos años que recordás con nostalgia y hace que me quiera quedar para escucharte.
¿Por qué volviste del norte?
Como siempre entonces, ahora tenés el pelo largo y medís un metro setenta y pico, manos, torso, cuerpo y piernas flacas, la piel áspera por el sol y la camisa desabrochada hasta el pecho. Cuarenta y siete años pasaron de esa foto y vos seguís igual, el Tano, como te dicen, siempre está igual. El Tano, queriendo volver al norte y recorrer de nuevo las rutas con dos amigos.
¿Cuándo te vas?, te pregunté en Navidad. Quiero ir en marzo o abril, me respondiste.
Estábamos los dos solos: yo recién me había levantado de dormir en esa casa de la infancia llena de olor a espiral de lavanda y vos estabas sentado afuera, en la galería techada que da a los árboles, para que tomemos unos mates juntos. Esa mañana no hacía calor y corté algo de las sobras del pan dulce de la noche anterior. Trajiste tu celular, te
enseñé a buscar por internet las rutas y los diques que habías construido con los viajes en el camión. Me contaste que habías hecho la Avenida San Martín, acá en Florida donde vivo ahora, y que te fueron llamando de trabajo en trabajo hasta llegar al norte.
Vimos los diques en las imágenes, te pregunté si conocías Iruya porque yo quería ir y me dijiste que no, entonces buscamos juntos dónde quedaba y me explicaste qué ruta había que agarrar para llegar. Las rutas. Tus rutas. Aquellos años que, cada vez que podés, vienen a tu mente como fotos.
Mis fotos.
Cuando me ofrecías una taza de té sin saber hacerlo, la tortuga que enterraste en el jardín para que yo dejara de llorar, la leña fresca en la salamandra, leerme cuentos, el chirlo que nunca existió, las veces que intentaste enseñarme a manejar, tus alpargatas sin medias, tu camión, tu vida, la libertad, la foto que miro y queda guardada en un libro.
¿Por qué volviste del norte, pa? ¿Por qué querés volver ahora?
Me lo pregunto cada vez que miro esa foto del año ’73. Aunque nunca te lo pregunté, pienso. Resulta que espero los domingos, después del almuerzo, para que me traigas al departamento y hablar con vos, en esos viajes de cuarenta minutos, mientras me contás sobre las rutas y las veces que te bañabas en los ríos. Ahí nace ese momento en el que el
equilibrio entre la palabra y el amor entablan lazos que nunca se van a desvanecer.

Tu hija.