7 de diciembre de 1974

por Yoly Sinchicay

 

Esa mañana Mary me trajo las flores, las que me iba a poner con dos hebillas, una a cada lado de la cabeza.

Fue el 7 de diciembre más caluroso que recuerdo. Las flores llegaron perfumadas pero marchitas. Cuando las vio una de mis seis hermanas salió apresurada, casi corriendo, hasta Albarellos y Bolivia al único puesto de flores que había en el barrio. Llegó con un enorme paquete de margaritas. Estábamos todas contentas, armando el ramo de novia y vistiendonos, las risas se mezclaban con las lágrimas.

Me iba a casar a las once de la mañana, como hubiera querido mi mamá, que ya tenía todo planificado, pero de repente un día de agosto se sintió mal y murió. A pesar de todo con mi compañero y con mis hermanas decidimos que el mejor homenaje era festejar.

A la iglesia invitamos a familia, amigos, compañeros de la militancia y unos pocos a la fiesta. Pero cuando llegamos estaba llena.  A la salida nos miramos y casi a coro  dijimos "si vinieron a la iglesia van a ir a la fiesta aunque la comida no alcance". Hubo baile, canto y guitarreada. A las seis de la tarde ya estábamos cansados pero felices y nos sentamos en un banco de madera en el patio de la casa. Las margaritas aguantaron toda la fiesta, apenas un poco marchitas. Y hasta sobro torta.